La adolescencia: ¿Una etapa temible?

Comenzamos este capítulo con una nota de prudente y esperanzado optimismo.

En nuestra sociedad prevalece el mito, ensalzado en innumerables libros «para padres», que la adolescencia es una experiencia traumática, horrorosa, que destroza emocionalmente tanto a los padres como a los hijos. Esto no tiene por qué ser -ni suele ser- así. En opinión de algunos expertos, este mito proviene en gran medida de la experiencia personal negativa de algunos autores de estos libros y de la gente con la que se relacionan; su propio permisivismo filosófico produce efectos nocivos en los hombres y mujeres que tratan, y tienden a generalizar esta experiencia disfuncional como si fuera universal.

Parece un hecho comprobado que la mayoría de las familias en la historia de Occidente no han tenido problemas graves en la educación de sus hijos durante la adolescencia. También es un hecho cierto lo que la solidez de la familia es muy importante para conseguir este éxito. Pero, incluso en las sociedades occidentales modernas, donde esta solidaridad familiar ha sido apaleada, innumerables padres están haciendo un gran trabajo en la educación de sus hijos.

¿Cómo son los padres que triunfan en la educación de sus hijos?

Según Stenson, algunas características que los hacen destacar como padres, en su papel de educadores, serían las siguientes:

  1. Los padres que tienen éxito en su tarea educativa mantienen un ideal claro, una idea bien enfocada, de cómo quieren que sean sus hijos a la madurez: hombres y mujeres competentes, responsables, generosos, capaces de vivir los principios cristianos sin embudos ni rodeos. Los padres que así se conducen, piensan fundamentalmente en la personalidad que tendrán sus hijos y no tanto en sus futuras carreras.
  2. Con este objetivo, los enseñan a vivir con fortaleza y coherencia la responsabilidad a lo largo de la infancia y de la adolescencia. Su disciplina a partir de los doce o trece años de edad es una continuación y un desarrollo cuidadoso de todo lo que les enseñaron antes. Saben ‘cambiar de marcha’, vamos a decirlo así, y ‘apretar el acelerador’, pero en lo esencial no se desvían del camino.
  3. Invariablemente, son personas con convicciones morales definidas y que tratan de vivir de acuerdo con ellas. Cuando, de vez en cuando, deben dar una lección a sus hijos (como hace cualquier padre responsable), sencillamente explican de palabra lo que los chicos pueden ver por sí mismos en su estilo de vida. En otras palabras: hay coherencia entre sus principios y sus obras; enseñan, sobre todo, con el ejemplo.
  4. El padre adopta un papel destacado como mentor de sus hijos adolescentes. Trabaja en coordinación con su mujer, no delega en ella «las cosas de los chicos». Es más, ejerce mayor influencia de la que tenía cuando eran más jóvenes.
  5. Son conscientes de los peligros morales que amenazan el bien de sus hijos, y por tanto, su felicidad-, pero no los sobreprotegen, ni se muestran hostiles a la sociedad. Quieren que sus hijos / as sean fuertes, no que estén «protegidos»; es decir, que crezcan con suficiente entereza en el fondo y en su carácter para enfrentar ellos mismos a los desafíos que se les vayan presentando en la vida. A largo plazo, desean que sus hijos formen (o re-formen) su cultura, y no que simplemente reaccionen en contra de ella; crezcan y lleguen a ser auténticos hombres y mujeres antes de llegar a los dieciocho o veinte años.
  6. Al canalizar la vida de sus hijos, los padres no les permiten lo que les parece incorrecto. Tienen suficiente seguridad en sí mismos para oponerse a los desprecios y choques con los chicos. Sienten con certeza que los hijos a menudo hay que decirles que ‘no’, si se espera que ellos lleguen a ser señores de sí mismos. Saben que los adolescentes necesitan ayuda en medio de todos sus enredos sentimentales para aprender a trazar la línea de separación entre el bien y el mal. Algunas veces los padres tienen que pisar fuerte para marcar con claridad dónde está esa línea.
  7. Mantienen una constante comunicación con sus hijos, que ya se preocupaban por conseguir desde que los niños empezaban a caminar. Los comprenden bien y, lo que es quizás más importante, los hijos los comprenden ellos. Conocen todo sobre la historia personal de sus padres, sus juicios y convicciones, sus errores y éxitos, sus esperanzadas expectativas sobre la familia. Los chicos saben que sus padres tienen confianza en su integridad y en la entereza de su carácter.
  8. A menudo, tratan a varios amigos íntimos que los animan, y que los apoyan en sus esfuerzos como padres comprometidos en la educación de sus hijos. Por tanto, no se sienten solos en esta tarea.

Las ideas esquemáticas anteriores son tan sólo un esbozo de algunos de los aspectos esenciales que se pueden destacar en estos padres que consiguen éxito en su tarea educativa. Cada uno de ellos tiene sus peculiaridades -por su temperamento, su historia familiar, sus puntos de vista, las normas de convivencia en la casa, la manera de llevar la disciplina, etc .. Independientemente de estas diferencias, sin embargo, todos parecen compartir cuatro elementos fundamentales:

  1. una visión clara del futuro que desean para sus hijos;
  2. la determinación de conseguir que su ideal sea una realidad;
  3. una entrega a favor de la felicidad de sus hijos el día de mañana (especialmente en sus futuros matrimonios), y
  4. una confianza en la ayuda de Dios para vivir de acuerdo con las responsabilidades que implica esta entrega. Hay que ser realistas. Incluso los padres que saben hacer su función experimentan problemas, reveses y desengaños en el camino. La responsabilidad siempre nos pide que nos superamos, y eso significa trabajo constante. Pero esta lucha vale la pena.
    A pesar de los pros y los contras, los padres que son responsables y tenaces consiguen salir adelante victoriosos.
    ***

Próximo capítulo (noviembre 2019):
II. REFLEXIONES SOBRE LA ADOLESCENCIA: 13 RASGOS DE LOS ADOLESCENTES