II. Reflexiones sobre la adolescencia: 13 rasgos de los adolescentes (II)

 

(Continuación del artículo publicado en noviembre)

4. En muchas familias con varios hijos, los padres se sienten tentados con frecuencia a tratarlos como si fueran de la misma edad, o más bien como si tuvieran una edad media con pocas variaciones entre unos y otros, como si estas fuesen poco relevantes. Así, los chicos mayores se suelen quejar de que se les trata como a los más pequeños. Hay una cierta razón en esta queja. Puesto que los chicos mayores son, en efecto, mayores, y puesto que cargan sobre sí una mayor responsabilidad en la familia, deberían disfrutar de más libertad, dentro de unos límites razonables. Podrían y deberían irse a la cama más tarde, por ejemplo, y disponer de más tiempo para estar con los amigos y para tener un mayor grado de intimidad personal. Si de verdad actúan con responsabilidad en casa, merecen en correspondencia esa mayor libertad. El equilibrio derecho-libertad funciona en ambos sentidos. Es lo justo.

5. Los jóvenes que han sido bien educados desde la infancia responden bien, por lo general, cuando se apela al sentido de justicia. De todas las virtudes, la idea de equidad (que los/las adolescentes llaman justicia) es la que se desarrolla antes y con más hondura. Es una buena base para corregir cuando sea necesario, y resulta incluso más efectivo que apelar a la autoridad: «No es justo que tengas a tu madre preocupada por retrasarte en llegar a casa y no telefonear para avisar de ello». O: «No es justo que avergüences a nuestra familia en público, por tu modo de vestir y tus modales desconsiderados. Sabemos que tienes el suficiente buen juicio para reconocerlo”.

6. Muchos padres hacen una certera distinción entre dos tipos de mentiras: unas se dicen de modo impulsivo, como autodefensa (mentir es, sin más, la única defensa real que los niños tienen contra el poder de los adultos). La otra clase de mentira -mucho más grave- es la falsedad fría y deliberada: es tapadera de la cobardía o de una seria maldad, y deshonra a quien la dice. No es realista suponer que los adolescentes, sobre todo los más jóvenes, nunca mienten.
Algunos padres tratan el problema de la mentira del siguiente modo: cuando sospechan que sus hijos están mintiendo, les dicen: “Te doy media hora para que lo consideres en tu habitación. Después, quiero que me digas la verdad bajo palabra de honor. Sea lo que sea, lo aceptaré como la verdad. Pero recuerda que nuestra confianza en tu palabra, en tu integridad, está en juego. Si admites que antes has dejado escapar una mentira, por supuesto que serás castigado. Pero sabremos que se puede confiar en tu palabra. No se gana nada haciendo que perdamos nuestra confianza en tu honradez. Una cosa es mentir por un descuido, y otra es ser un mentiroso. Así que medítalo…”. Naturalmente, esa táctica es más efectiva en la adolescencia si los padres la han puesto en práctica desde que los hijos eran pequeños. Una costumbre familiar como ésta tiene un inmenso valor.
Por cierto, uno de los efectos más corrosivos y destructores de la droga en los adolescentes es que transforma a los chicos en unos mentirosos. Los adolescentes con este tipo de problemas llegarán hasta donde sea preciso con tal de ocultar su problema. Ésta es otra razón por la que los padres deben cultivar en sus hijos, desde la misma infancia, el sentido del honor personal.

La verdad siempre debe ir por delante.

Próximo capítulo (enero de 2020):
II. Reflexiones sobre la adolescencia: 13 rasgos de los adolescentes (III)